Después de algunos minutos, por fin llegó un oficial de migración inglés para atenderme. Debajo de su brazo derecho, una pequeña máquina; tenía guantes de cirujano; en la mano izquierda traía una pinza que prensaba un pedazo de tela blanco.
No me saludó. Con el menor número de palabras posible, me dijo que debía desocupar mi morral. No dije nada. Empecé a sacar todo: 2 jeans, 4 camisetas, medias y pantaloncillos, un cinturón, una cámara digital, un cargador de pilas. Luego, sin ninguna palabra de por medio, el oficial me señaló 2 pequeños bolsillos en el frente del morral. De nuevo, no dije nada. De ellos saqué mi cepillo de dientes, un tubo pequeño de crema dental, desodorante, una máquina de afeitar desechable y un tarro pequeño de polvos Mexana.
Mientras desocupé mi maleta, el oficial inglés conectó la máquina y se dedicó a mirar qué sacaba del morral. Cuando dejé la maleta sin nada, él empezó a pasar el pedazo de tela blanco por toda la maleta, como buscando rastros de algo que pudo haber estado allí. Luego tomó con los dedos pulgar e índice de su mano derecha mi morral, y lo sacudió suavemente. Por uno de los bolsillos pequeños salió un poco del talco que se había regado durante el viaje. Tuvimos un cruce de miradas. El oficial inglés pasó el mismo trapo por el interior de los dos bolsillos. Luego, metió el pedazo de tela en la máquina.
Empecé a guardar mi cosas por orden del guardia. Cuando mi morral estuvo listo de nuevo, el oficial inglés se quedó mirándome, serio, pero no me decía nada. Pasaron algo así como 3 minutos que me parecieron media hora. No había hecho nada malo, pero tanto misterio y tanto silencio ya me tenían nervioso.
Por fin, la máquina emitió un sonido, y el oficial inglés bajó la mirada. Yo también miré. Una pequeña luz verde se encendió. El oficial me miró de nuevo, me recibió el pasaporte, buscó la
visa y me preguntó el motivo de mi visita. Repondí que quería conocer la ciudad y que volvería a Madrid en 5 días. Me selló el pasaporte y, por fin, seguí adelante.
¿Paranoia? Cada uno puede pensar lo que quiera. Pero sí que me quedó el sinsabor de que, siendo el único colombiano, fui el único que fue recibido en Londres de esa manera.
Eso sí, fue lo único malo, porque Londres es lo máximo!!! Es más, voy a justificar la situación en mi mala cara producto del cansancio de una noche de juerga... No quiero ser otro colombiano acomplejado con la nacionalidad...

1 comentario:
Me gusta.
Que bueno esto de no ser un Colombiano más acomplejado por su nacionalidad. Yo intento pensar y actuar en el mismo sentido. En mis muy pocos pero muy disfrutados viajes al exterior he contado con mucha suerte, oficiales amables y nunca una situación parecida. No debe ser agradable, pero ahora es sólo una historia más para contar y que bueno que hayas tenido una victoriosa entrada a Londres. Está por ahí en mi lista de lugares pendientes por visitar.
Que buena historia... esperaré por la tercera parte.
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